Usar, actualizar y tirar

Hemos llegado al 2015. Hace treinta años Doc inventó una máquina del tiempo y se vino a visitarnos, con nuestros coches voladores y abrigos inteligentes autoajustables. Marty McFly tuvo suerte de que Doc hiciera su máquina en 1985 y no en 2015 y no se esperara hasta el día de hoy, porque entonces de poco le habría servido: con una máquina del tiempo de 2015 sería imposible viajar treinta años hacia el futuro, porque al primer año de camino habría tenido que actualizar diecisiete veces el firmware y seguramente se tardaría menos esperando sentado en una silla que dentro del nuevo Delorean.

La obsolescencia programada, que tan de moda estuvo hace unos años, está cayendo en desuso, seguramente porque ya se les empezó a ver demasiado el plumero y hay paises como Francia* que ya se están planteando prohibir ese tipo de prácticas por ley. En Australia, por ejemplo, los fabricantes de impresoras tienen prohibido usar sus “sistemas de estimación de niveles de tinta” para obligar al usuario a comprarse cartuchos nuevos cuando aun tienen carga. Ese tipo de prácticas van a ser pronto cosa del pasado, esperemos.

La moda hoy en día es hacer tecnología de usar y tirar, y dominar al usuario con las actualizaciones de software y hacer obsoleto el sistema que se vende no mediante la programación de sus componentes, sino mediante la programación de un calendario de ventas de nuevos productos que desbanquen al anterior.

El ejemplo paradigmático son los teléfonos móviles. Un ladrillo clásico servía para llamar por teléfono y mandar y recibir mensajes SMS. Hoy en día, ese mismo teléfono sirve para llamar por teléfono y mandar y recibir SMS. Es decir, que el teléfono que te compraste hace quince años para cumplir dos funciones básicas sigue sirviendo exactamente para lo mismo y seguramente sólo necesites cambiarle la batería.

¿Qué pasa con los teléfonos de hoy en día? Perdón, no son teléfonos, son smartphones, que tienen muchas funcionalidades (¿esto no se decía “funciones” en castellano?) más. Supongamos un smartphone de gama media de cualquier compañía conocida, a la que llamaremos Sauron Inc. Uno de esos que no costaban dinero, sólo vender tu alma durante tres meses a un proveedor de telefonía (ahora eso tampoco pasa, cuestan tiempo y dinero al mes). Ese dispositivo sirve para llamar por teléfono, mandar y recibir SMS, chatear, navegar por internet, recibir correos, hacer fotos y videos, iluminar el hueco de debajo de la cama y recibir felicitaciones navideñas de tu cuñado. Todo bien… al principio. Al poco tiempo te das cuenta de que navegar por internet mejor no, y de llamar ni hablamos, porque entonces no te queda batería el resto del día.

Menos mal que Sauron Inc. ha sacado una actualización del sistema operativo que, además de hacer una mejor gestión del consumo de batería (ya podían haberse dado cuenta antes), soluciona un número indeterminado de problemas de seguridad que no especifican. Ahora si, seis meses después tu smartphone vuelve a servir para algo. Pero amigo, no han pasado ni dos meses y ha vuelto a salir otra actualización del SO, nada importante, más problemas de seguridad. Y al mes otra, pero resulta que el procesador de tu teléfono en lugar de tener cuatro núcleos tiene dos, y no puedes actualizar el sistema operativo.

No pasa nada, tienes todas las aplicaciones que necesitas para ser un ciudadano normal: el Chat, la Red Social, la Otra Red Social, la Red Social de Fotos… Durante unos meses. Llegado el momento, tu sistema operativo es demasiado antiguo y tiene demasiados de esos desconocidos problemas de actualizaciones de seguridad que hacen que los desarrolladores de todas esas aplicaciones dejen de actualizarla para tu teléfono. A la tercera que no actualices, ya no las puedes usar. Y entonces tu smartphone se convierte en un teléfono móvil con el que sólo puedes llamar y mandar y recibir SMS.

¿Te imaginas? ¿Sólo llamar por teléfono y usar mensajes cortos? Puedes comunicarte instantáneamente con cualquier persona en el globo pero te has quedado fuera de los chats de grupo, cenas de navidad, reuniones de antiguos alumnos, memes de Julio Iglesias y videos que fueron virales en 1999. Eso no puede ser, ESTÁS FUERA DE LA SOCIEDAD. Así que te quedan dos opciones: esperar que pasen los dos meses que quedan para que te acabe la permanencia y volver a vender tu alma al diablo, o gastarte la pasta en un teléfono de última generación y alta gama; o cualquiera de las posibilidades intermedias de financiación que ofrece el operador de telefonía que tenga concierto con Sauron Inc. También podrías dar tu teléfono del trabajo y tu correo electrónico y sugerir que fuera del horario de oficina no vas a estar disponible, pero el tema de cómo la tecnología ha ‘mejorado’ nuestras condiciones de trabajo tiene otro post en si mismo.

Todo este esquema de negocio que es tan evidente en el tema de la telefonía móvil se puede extender a cualquier aparato electrónico. Normalmente son fáciles de reconocer porque en lugar de llamarse ‘normal’ tienen un nombre en inglés con un prefijo vagamente moderno, y en su castellanización suelen ir acompañados de la palabra ‘inteligente’. Si en lugar de un ordenador te venden un ultrabook, nanolaptop o teracomputer seguramente ya la hayas cagado. SmartTV, smartbox, tablets, blurays, todos tienen actualizaciones continuas que hacen que pase de no servir a servir y a estar obsoletos.

Este modelo de negocio se extiende cada vez a más campos, no solo al tecnológico, pero lo más curioso es que viene del campo de los detergentes: año tras año, por lo menos desde que se inventó la publicidad en televisión, las marcas de limpieza no paran de innovar y sacar detergentes que lavan la ropa cada vez más y más blanca. Por supuesto, conservan el anterior producto y la nueva fórmula es ligeramente más cara, hasta que el antiguo termina por desaparecer. No sabemos cuando terminará esta serie, pero mi detergente deja las cosas limpias y los blancos blancos. Y el que usaba mi madre en los ochenta dejaba las cosas limpias y los blancos blancos. ¿En los cincuenta la gente iba toda de gris y con la ropa llena de mierda? Lo dudo, seguramente sus detergentes limpiaran y dejaran los blancos blancos.

Parece que estamos llegando al límite en lo que a blancura se refiere, pero es una pena, podríamos haber terminado con todo esto mucho antes. Doc si que inventó una máquina del tiempo en 2015 para mandar a la chica del anuncio de lejía treinta años al pasado y enseñarnos como de blancas podían quedar las cosas, pero todas las actualizaciones que tuvo que hacer al condensador de fluzo en el hiperespacio han hecho que no le haya dado tiempo a ir más atrás del 2014.

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